La espera

22Ago07

¿Qué hago aquí? Me pregunto mientras me balanceo al ritmo de los crujidos que articula la silla coja. Cuento hacia atrás 3, 2, 1, ¡0! ¡Me levanto! El resto siguen ahí sentadas frente a la puerta, esperando lo mismo que yo. Decido caminar alrededor de la linea que forman las 3 sillas. ¿Y qué espero yo? La respuesta debe encontrarse al otro lado de la puerta, pues esta sala está muerta, tan sólo es un espacio en blanco dónde accidentalmente han aparecido estos 3 puntos marrones alineados en el centro del vacío.

Se abre la puerta y oigo pronunciar mi nombre.

Al traspasar el umbral, me invade el olor a hierba fresca: estoy en la cima de un pequeño monte. Allá abajo, un mar calmo acaricia timidamente la orilla. Al fondo, en el lateral izquierdo, un velero rompe la armonía del azul. Ensimismada en el paisaje, descarto la multitud reunida en el valle y olvido la incertidumbre.

Alguien me ofrece un ademán cortés y me invita a seguirle. El silencio envuelve la montaña. La multitud abre un pasillo. Al final de éste, junto a la orilla, 3 orientales calvos vestidos con una impoluta túnica de algodón blanco. El del centro, más corpulento, y con una barba afilada negra, dirije su mano hacia mí.

El silencio se ve intimidado por la vibración de la “m” dentro de la cavidad bucal de la multitud. El ritual ha comenzado.

El sumo sacerdote me hace entrega del sobre, sellado perfectamente con un círculo rojo de cera que todavía desprende calor. Extraigo el pergamino y entre los cultos vocablos descubro la condecoración.

Levanto la mirada y les regalo un signo de agradecimiento, aun sin saber qué significa tal condecoración, ni conocer por qué he sido elegida.

¿Qué hago aquí?

En alta mar el velero se balancea.

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